Visitamos el castillo de Edimburgo por la mañana. Después de
una larga espera en la cola para comprar las entradas por fin conseguimos
entrar junto con otros tres millones y medio de turistas. Se trata de un
alcázar con diferentes edificios que albergan museos relacionados con el
ejército y monarquía escocesa. La fortaleza es bonita, las vistas de la ciudad
impresionantes, pero con tanta gente y todo tan grande y restaurado pues pierde
encanto, le falta personalidad. Lo mejor la zona de las prisiones. El tesoro
real, que consiste básicamente en una corona y en la piedra del destino, da
pena. Y también tuvimos que esperar en otra larga cola para verlo.
A mediodía bajamos a la Princess Street atravesando la
Market St., llena de puestos callejeros, donde hicimos algunas compras y
aprovechamos para hacer un picnic en los jardines. Y vuelta a la Royal Mile,
donde por la tarde disfrutamos de un tour guiado por Mary King’s Close, un callejón
ahora subterráneo donde contemplamos –dejando de lado las historias de
fantasmas y demás- cómo vivía la gente en el siglo XVII. Muy didáctico y
entretenido. Terminamos la jornada tomando unas cervezas y sidras en el Whistle Binkies, un pub muy chulo del centro, y volviendo de
nuevo a Underberry para cenar.
Hordas de turistas encaminándose al castillo
Vistas desde el castillo de Edimburgo
Prisión militar del castillo
Bajando hacia Market Street
Tron Kirk. La mejor iglesia del mundo
En el Whistle Binkies
Por los bajos fondos de la ciudad